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“Malgasté mi juventud siendo un alcohólico”

He tenido borracheras que me han durado meses seguidos; me tomaba entre 50 y 60 bebidas al día, casi no dormía y me metía cualquier droga que se me pusiera enfrente. Me quedaba tumbado en el salón de mi piso de mierda en Nordvest, a las afueras de Copenhague, con el cuerpo atenazado por un sentimiento de vacío interior que no puedo explicar con palabras. Me temblaban las manos, el corazón me latía a mil por hora, abrumado por el miedo, y empezaba a sudar profusamente. Y Dios sabe la vergüenza que sentía de mí mismo.

¿La solución? Sólo conocía una: seis cervezas Harboe Bear (7,7 por ciento) y una botella de vino malo.

Así solían ser mis lunes por la mañana cuando tenía unos 25 años, una época en la que mi única meta en la vida era emborracharme hasta caer muerto. Nunca llegué a ese extremo, aunque no fue porque no lo intentara con todas mis fuerzas.

Me llamo Jakob Engberg Petersen y hoy miro atrás hacia un pasado de casi 20 años de alcoholismo tan intenso que hizo trizas mi juventud.

Empecemos por el principio, por la época en la que comencé a forjar mi trayectoria como joven alcohólico. La primera vez que di unos sorbos a una bebida alcohólica tendría unos 12 o 13 años, y enseguida supe que aquello era para mí. El sabor estaba bien, pero la sensación que me provocaba era increíble. Mis amigos opinaban lo mismo. Por aquel entonces, nos pasábamos el tiempo fumando mota, patinando, haciendo graffiti y comiendo hongos… Nos metimos en todos los pedos en las que se puede meter una pandilla de mocosos de la periferia.

Viví solo con mi padre desde los 9 a los 17 años. Nuestra relación era más como la de dos amigos que la de un padre y un hijo, con lo que más que una figura paterna, él era “un carnal” que no solamente me dejaba beber lo que quisiera y hacer lo que quisiera, sino que fue quien me introdujo en el maravilloso mundo del cannabis. Cuando a los 15 años me inscribí en un programa de educación alternativa, el día de mi partida mi padre me preparó algo de comida para el viaje y de regalo sorpresa incluyó unos cuantos cogollos de mota.

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Recuerdo ver una bolsa de plástico con mis pantalones, que por lo visto mojé con mi orina mientras los paramédicos intentaban reanimarme en la acera.
Pasaron dos años hasta que alguien me dijo por primera vez que tenía un problema con la bebida. Fue mi novia, y cuando me lo dijo yo tendría unos 18 o 19 años. Me sugirió, con toda la delicadeza de la que fue capaz, que debería buscar ayuda. Yo no consideraba que fuera necesario, pese a que a esas alturas ya me habían expulsado de varios institutos y había adquirido el hábito de desayunarme cuatro cervezas Tuborg Premium (5,8 por ciento). Viéndolo ahora, me doy cuenta de que fue en esa época cuando inicié el descenso por una espiral de autodestrucción. Uno a uno, todos mis amigos, ocupados con sus estudios y sus becas, empezaron a desaparecer de mi vida, y yo me rodeé de gente de mi calaña, personas que tampoco tenían ningún inconveniente con empinarse una botella de vodka barato el martes por la noche.

Fumaba hachís, solo o en compañía, y tampoco tenía inconveniente en beber solo. Cuando lo cuento, parece que fuera una decisión que tomaba conscientemente, cuando en realidad no podía evitarlo.

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A los 17 años, me mudé a Copenhague para empezar de nuevo, aunque, por supuesto, ocurrió justamente lo contrario. Mi cadena de fracasos escolares me obligó a pedir más préstamos de estudios, cuyas cuantías me gastaba íntegramente en las drogas y el alcohol que habían pasado a formar parte intrínseca de mi vida nocturna. Mi madre también me echó una mano prestándome dinero, y yo la engañaba diciéndole que estaba contribuyendo a algo sensato. Ella sabía perfectamente lo que pasaba, pero se sentía culpable por haber dejado que me fuera a vivir con mi padre y prestarme dinero era su forma de redimirse.

Mi padre está muerto, pero durante muchos años estuve muy enojado con él. Cuanto más maduraba, más consciente era de la mala influencia que había sido mi padre en mi vida. Esos pensamientos autocompasivos te sumen en la tristeza y combinan a la perfección con la bebida.

Beber ha sido siempre la consecuencia directa de sentirme como una mierda. Cuando no conseguía aliviar la pena con el alcohol, recurría al hachís o a las drogas duras. La idea es anular el dolor y la vergüenza.

Desde que tenía veintitantos años, me tomaba unas 50 o 60 cervezas al día, cantidad que reducía a más o menos la mitad entre semana para estar mínimamente operativo. A esas alturas había aceptado mi alcoholismo y estaba con un tratamiento de Antabus, lo que provocó que aumentara el consumo de hachís y pastillas para compensar. Lo cierto es que, si realmente quieres, puedes beber mientras tomas Antabus, y yo quería. Notas mucha presión en la cabeza, el corazón se te acelera, sientes náusea, tienes dificultad para respirar y te aparecen erupciones en la piel. Pero al final el alcohol somete al sistema nervioso hasta tal punto que incluso dejas de notar la reacción alérgica.

Siempre pensaba que después de un par de meses de tratamiento, ya estaría preparado para volver a beber. Pero cada vez que dejaba el tratamiento, la cosa empeoraba.

La parte más dura era admitir que no era capaz de controlarlo. Tenía la falsa idea de que algún día sería capaz de regular la ingesta de alcohol, por la simple razón de que no tenía el valor suficiente para afrontar la realidad: que bebía porque algo en mi interior no estaba bien. Si quieres dejarlo de una vez y para siempre, tienes que plantar cara a tu dolor. Esa es precisamente la batalla que muchos alcohólicos prefieren no librar, porque no disponen de las armas para enfrentarse a los demonios que originan ese dolor.

No era capaz de permanecer sobrio, pese a que estaba pagando cara mi adicción. Cuando estaba con mi segunda novia, combinaba el alcohol con los antidepresivos, lo que me provocaba comportamientos autolesivos. Así, a veces me rompía botellas de vidrio en la cabeza delante de ella o me provocaba moretones en los ojos para que pareciera que alguien me había dado una paliza. Muchas otras veces, ella volvía a casa y me encontraba tirado en el suelo del salón, sobre un charco de mi propio meado, mi vómito y de vodka.

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A los 25 años, decidí mandarlo todo a la mierda y empezar a beber de verdad. He estado a punto de morir dos veces en mi vida. La primera fue en un festival de techno: allí perdí el conocimiento y me desperté en un hospital. La segunda fue en el Culture Box, durante una sesión de Jeff Mills. Aquella noche sufrí una sobredosis de GHB y de una cantidad ingente de licor. Se me paró el corazón y alguien me reanimó en plena calle, bajo la lluvia y ante la mirada de la gente que hacía cola para entrar en el local. Al día siguiente desperté en el Hospital Universitario de Copenhague, con el cuerpo lleno de electrodos.

Recuerdo ver una bolsa de plástico con mis pantalones, que por lo visto mojé con mi orina mientras los paramédicos intentaban reanimarme en la acera. Las graves advertencias del médico no me produjeron ningún efecto y esa misma noche volví a ponerme hasta arriba de todo. Las noches que no salía me las pasaba en casa, con las cortinas corridas, bebiendo solo mientras se me llenaba la cara de lágrimas y mocos.

A los 31 años me matriculé en una escuela de rotulación. Llevaba seis o siete años con tratamientos intermitentes de Antabus, pero cuando la novia que tenía entonces me dejó, sufrí una nueva recaída que dio al traste con mis estudios, porque el síndrome de abstinencia era tan fuerte que me temblaba mucho el pulso y no podía hacer trabajos de precisión con el pincel. Estaba muy volcado en mi formación y quería acabarla, y poco a poco empecé a recuperar la ilusión por seguir viviendo.

En lo más profundo de mi fuero interno, sabía que tendría que cortar por lo sano el consumo de alcohol. Sufrí varias recaídas durante el primer año entre los periodos de tratamiento con Antabus y fumaba porros a diario, pero en agosto de 2013 acudí a varios grupos de ayuda y dejé el alcohol, el hachís, los fármacos y las drogas duras para siempre. Hoy día la droga más fuerte que tomo es el café.

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Decir que fue un punto de inflexión sería quedarse corto. La mayoría de la gente me veía como un desastre humano, siempre tirado por las calles con un coma etílico. Ahora me siento respetado por esas personas que me han visto estar en lo más bajo y volver a ponerme en pie. Obviamente, ya no tengo relación con esas personas, pero desde entonces he hecho nuevos amigos que beben y se drogan con moderación. Sin embargo, ahora soy capaz de salir con ellos y resistir la tentación. Y la verdad es que me lo paso igual de bien y suelo ser el alma de la fiesta. Pero llegar a este punto me ha llevado tiempo. Tengo un amigo muy cercano que también ha logrado dejar la bebida y me ha ayudado muchísimo a volver a salir por la noche como la gente normal.

No extraño estar ebrio. Aunque suene cliché, ahora mi droga es la vida y veo que cada día doy un paso más en mi progreso, tanto espiritual como físico y social. La mejor sensación que puedo experimentar a día de hoy es la de estar lúcido. No puedo prometer que no llegue un día, después de que haya traído al mundo un par de hijos y tenga una barba bien tupida, en que decida fumarme un porro de mota en la caseta de las herramientas, pero casi sé con toda seguridad que no volveré a beber nunca más.

A pesar de todo, no me arrepiento de la juventud que he vivido. Obviamente, he echado a perder unos cuantos años, pero gracias a eso hoy puedo ser la persona que soy.

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Información de VICE México

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Ene 17

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